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Marzo 2007 [9]

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Dios Me Llevo a Su Trono

Dios Me Llevo a Su Trono

Apóstol Rony Chaves

“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.

Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban.

Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.

Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo.

Entonces dije: ¡Ay de mí! Que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio del pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.

Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando  con él sobre mi boca, dijo: he aquí que esto tocó tus labios; y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado.

Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A Quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí”.

                                                                                                                         Isaías 6: 1-8

 

 

Fue en el año de 1983 en el cual Dios me dio una experiencia extraordinaria: El me llevó a Su trono.

 

Como uno que había nacido en una familia evangélica, pasé muchos meses en la Iglesia participando de las formas de culto que en aquellos años nosotros le dábamos s Dios. Todos hacíamos un grande y verdadero esfuerzo; pero lo cierto del caso, es que, nuestra adoración era pobre, estéril y sin ninguna revelación de lo que realmente era ´´ adorar ´´ al Creador.

 

La exaltación a Dios estaba reducida a muy poco, tanto en las iglesias tradicionales como en las de corriente pentecostal. Era muy poco lo que conocíamos en esos días de la adoración bíblica y ardiente para el Señor.

Como resultado de esa ´´ deficiente ´´ adoración, la Iglesia carecía de poder y vida del Espíritu. La evangelización no tenía la fuerza necesaria para conmover profundamente nuestras ciudades; menos para levantar una cosecha de almas salvadas.

 

Con todo y que el panorama no indicaba lo óptimo para pensar en un ´´ Avivamiento ´´, una gran cantidad de evangelistas jóvenes, se movía por todo el territorio nacional, sembrando la semilla del Evangelio y motivando al Cuerpo de Cristo al ayuno y la oración.

 

Este ayuno y esta oración practicada por muchos en los años setenta, comenzó a preparar el terreno para una ola impresionante de Revelación Bíblica y de Restauración de Verdades Apostólicas Perdidas, que llenó la década de los ochentas.

 

Es precisamente a inicio de esta década señalada, en la cual Dios me permitió vivir una de las experiencias más impresionantes que yo haya vivido espiritualmente. El tomó mi espíritu y me llevó a Su Tercer Cielo, aleluya.

 

Fue durante el año 83 en que yo busqué el Rostro del Señor en un ayuno de 7 días de orar y clamar al Señor por una fresca revelación de Su Palabra, El  se manifestó a mi vida espectacularmente. Dios me dio un éxtasis. Gloria a Dios.

 

Era la madrugada del último día del ayuno cuando al igual que Pedro tuvo un éxtasis según señala el libro de los He4chos en el Capítulo 10; yo fui visitado por el Espíritu del Señor. Todos mis sentidos naturales fueron controlados por Dios y mi espíritu fue llevado al Trono del Creador. La experiencia fue extraordinaria, Dios estaba a punto de darme una maravillosa revelación que cambiaría no sólo mi vida, sino también nuestra congregación y nuestra patria. Esta revelación celestial cambiaría el destino y el sentido de nuestro ministerio y sería la llave para abrir de par en par las puertas de las naciones para ministrar al Cuerpo de Cristo con una unción fresca.

 

Era como la una de la mañana cuando me sobrevino el éxtasis. De repente, fui llevado al Cielo e introducido en un glorioso auditorio semejante a un teatro europeo.

 

Quedé sentado en una de las butacas para contemplar todo lo que se manifestaría ante mis ojos en frente de mí.

 

En medio de una de las butacas para contemplar todo lo que se manifestaría ante mis ojos enfrente de mí.

 

En medio de una nube densa que se disipó lentamente, apareció un trono refulgente y sin igual. Era el Trono del Pare que me era presentado en todo su esplendor. El brillo del mismo era impactante y le rodeaba un halo de luz multicolor semejante a un arco iris en toda su fuerza. El Espíritu Santo en ese momento me llenaba de una profunda convicción de que me encontraba ante el Trono de Su Gracia.

 

Una figura majestuosa estaba en la silla real. No podía mirar su rostro, pues la luz que emanaba de Sí lo cubría todo y me impedía mirar fijamente. La Presencia Divina del Omnipotente llenaba todo aquel lugar y era realmente impresionante el amor que yo percibía de El para mí.

 

El Padre estaba sentado en Su Santo Trono, amén. Desde el resplandor de Su Gloria salía Su Voz potente como ´´ estruendo de muchas aguas ´´ y resonaba en todo mí ser causado un temor santo y reverente hacia El.

 

Como respuesta a sus palabras, los ángeles comenzaron a llenar el lugar. Se movían a una velocidad increíble que yo podía decir que literalmente volaban alrededor del Trono.

 

La nube de gloria creció más y se extendió hacia todo lugar. La multitud de las huestes celestiales comenzó a cantar un cántico jamás oído por mí. Cada uno tenía en sus alas que terminaban en manos verdaderas, arpas celestiales que tocaban al unísono para el Señor. Aleluya.

 

Tocaban música gloriosa, esplendorosa y específicamente de adoración. Ellos adoraban con todas sus fuerzas a la Divinidad, Jehová de los Ejércitos, aleluya.

Los ángeles revoloteaban en círculos en el aire, cantaban en coro y ministraban la música celestial.

 

Lo que contemplaban mis ojos era glorioso, sublime e inimaginable .Dios se estaba revelando a mi vida se una manera magistral amén.

 

La experiencia duró en tiempo terrenal más de dos horas, lo suficiente para oír cánticos inefables, adoración del más altísimo nivel.

 

El éxtasis desde luego,  marcó mi vida para siempre. Desde esa madrugada, ni mi vida, ni mi iglesia, ni el ministerio, volvimos a ser los mismos.

 

El éxtasis dejó una huella profunda en mi alma y una marca imborrable en mi corazón.

 

 

Desde ese día en adelante, aunque en mí siempre latió mi corazón al ritmo de la carga por los perdidos y atribulados pecadores, mi vida estaría dedicada para adorarle a El. Mi prioridad como evangelista ya no fue nunca más el hombre, sino Dios. La experiencia me marcó el alma, el espíritu y el cuerpo. Me convertí en un perseguidor de la Presencia de Dios.

 

Desde esa madrugada todo mi ser fue revolucionado, mis prioridades puestas en el debido orden y el adorar al Señor fue mi pasión más grande. Aleluya.

 

Le había servidor al Rey de Gloria por casi seis años como evangelista itinerante. Había predicado el Evangelio de la Gracia con denuedo y pasión. Pero de ahí en adelante mi mayor anhelo sería buscarle a El, amarle a El con todo mi ser y exaltarle sólo a El, aunque esto implicara predicarle menos al hombre perdido.

 

La adoración fue mi lema, mi pasión y mi bandera. Literalmente devoré la Biblia buscando aprender a los pies del Espíritu Santo cómo adorar al Padre en espíritu y en versas. Con sinceridad lo afirmo, en aquel tiempo no sabíamos cómo adorar. No teníamos ejemplos, no teníamos maestros ni iglesia alguna a la cual mirar e imitar. Lo que realmente Dios me enseñó como ´´ adoración ´´ no lo veíamos por ninguna parte.

 

Después del éxtasis pacté con Dios…

Para esos días me proyectaba como un evangelista joven con gran arrastre de multitudes. Cruzada tras cruzada, Dios movía Su Espíritu y miles se reunían cada día para oír el Evangelio Santo. Mi nombre iba tomando ´´ fama ´´ y mi futuro se vislumbraba muy prometedor en torno a grandes concentraciones de gente. Pero yo había pactado con Dios.

 

Esta fue mi oración y pacté en el momento cumbre de mi ministerio evangelístico multitudinario: ´´ Señor, prefiero dejar a un lado el predicarle a las multitudes e ir por todo el mundo aunque sea de uno en uno enseñándole a la gente cómo adorarte a Ti ´´.

En lo profundo del ´´ silencio divino ´´  creí oír a Dios decir: ´´ hijo, estoy de acuerdo ´´.

 

La adoración a Dios se volvería desde entonces y hasta el día de hoy, mi pasión, mi fuerza, mi todo. Dios y la adoración a El serían el enfoque continuo de mi vida y ministerio.

 

Este pacto cambiaría drásticamente el curso de mi ministerio. Los años siguientes, seis en total, mi labor evangelística casi disminuiría a cero.

 

Esos años los invertiría para viajar por mi país y las naciones del continente para enseñar a creyentes y ministros, cómo adorar al Señor.

 

De una manera dulce y tranquila mi éxtasis i acabó y mi espíritu estuvo en mi cuerpo de nuevo como siempre. Aquella madrugada de 1983, estando plenamente consciente de lo ocurrido, permanecí en mi cuarto de oración por varias horas más, envuelto en la gloria de Jehová. Aleluya.

 

Fue en esa misma madrugada en la que mi Dios me ordenó escribir un cuaderno de notas sobre lo que acababa de experimentar. El Espíritu Santo estuvo allí presente; amoroso y paciente. El me llevó de la mano por las páginas de la Biblia proveyendo los argumentos en la Palabra para lo que sería más adelante mi primer libro: ´´ Cómo ministrar a Dios para ministrar a los hombres con poder ´´.

 

Fue en esta inolvidable vivencia sobrenatural en la cual puse oír y contemplar la adoración que los ángeles le daban al Padre. Loa seres vivientes ministraban su música magistralmente. Sus arpas eran tocadas en una perfecta armonía dulcísima.

 

Sus voces eran como una cascada de aguas cual catarata fluyendo desde las alturas. Las voces unidas en un coro extraordinario curiosamente se individualizaban por algunos momentos para que yo pudiese oírlos adorar a cada uno aisladamente.

 

Esas voces siguieron siendo escuchadas por varias horas con toda claridad por mi persona. La exaltación  y la reverencia a la Divinidad mostrada por los ángeles no podrían ser superadas jamás.

 

Simple y sencillamente su adoración era como un río caudaloso que refrescada mi espíritu.

 

Aquellos sonidos, aquella música y aquellas voces, no las olvidaría nunca más. Serían mi guía, mi brújula para llegar a mi Dios.

 

Desde ese día mi vida nunca  más sería la misma, había caído bajo la influencia y cobertura divina de la revelación de adoración al Padre en espíritu y en verdad. Gloria a Dios.

 

Las notas que brotaron en aquella madrugada como manantial de agua cristalina, fueron luego ordenadas y pasadas a máquina.

 

Quienes trabajaron en éstas y quienes las leyeron siendo los primeros en turno, fueron cambiados, fueron revolucionados por el poder de Dios. Aleluya.

 

Cada persona, ministro o no, que puso sus ojos en aquellas ideas bíblicas se la exaltación  a Dios, fueron impresionadas profundamente por el Espíritu Santo. Sus vidas nunca más fueron las mismas.

 

Curiosamente, a pesar de que la obra evangelística fue a un paso más lento desde ese dichoso día Dios iba preparándonos para una enorme cosecha de almas, los últimos dos años de la década de los años 80. Aleluya.

Por apostol1 - 7 de Marzo, 2007, 21:12, Categoría: General
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